
Lejos de un contexto
revolucionario o de un intento de adoctrinar, Joel D. Hirst nos presenta un
paisaje de contrastes, ideologías, aventuras, desventuras y una telaraña de emociones encontradas que nos guían en la desconocida realidad
de un país tan hermano nuestro, como sus gentes y sus costumbres. Me imaginé un
lenguaje sureño, aderezado con los clichés propios de cada idioma, pero de
nuevo comprobé que no era así. Los lectores más avezados disfrutarán con la
escritura utilizada para relatar esta historia, y el resto… disfrutarán por
igual. Al tratar las vidas de varios personajes la lectura se hace muy amena y
fluida; terminando cada capítulo con la misma rapidez que se empieza otro. El
conjunto de vivencias es el elemento que da ese toque homogéneo a esta gran
novela, que aunque parezca complicada, es un trabajo de una sencillez compleja.
Es decir: una maravilla para perderte en selvas, campamentos militares, zonas
residenciales de Estados Unidos, oficinas con espías, subterráneos con interrogatorios
clandestinos, masas manifestándose, y mucho… mucho más.
Como de costumbre no
desvelaré nada sobre la historia. Y para cerrar esta pequeña nota diré: Gracias
a esta novela descubrí un punto de vista fresco, y juraría que imparcial, sobre
un país en constante cambio que lucha, como todos nosotros, por un mañana
mejor. Joel D. Hirst logra enredar una maravillosa historia con un desenlace
perfecto, escrito de manera magistral y pintando unos escenarios
espectaculares. ¿Qué más se puede pedir a una novela?