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jueves, 26 de enero de 2012

La conciencia muerta

Dulce susurro de la oscuridad, que despiertas nuestro instinto de supervivencia e hierves nuestra sangre hasta alertarnos de las cosas malignas. Con tu manto invisible engulles la luz que distingue las cosas y, sin poder remediarlo, arrastras las almas de los desaforados y atormentas sus conciencias. Justicia divina o terrenal. Degustas las copas llenas de cianuro y rompes el cristal en sus labios, para rasgarles el orgullo y destruir sus sonrisas de mala costumbre. Agujas atraviesan sus pupilas, que con tan sólo divisar el bien, agachan la cabeza ignorando su existencia. Malas personas en un mal momento o quizás, malos momentos aprovechados por buenas personas que se transforman en malas. Ni el recuerdo del abrazo de sus madres angustiadas, ni el enfrentarse a sus pesadillas les hace cambiar de parecer. Viven entre nosotros, son nuestros vecinos y, en ocasiones, son nuestros supuestos amigos.
Dulce susurro de la oscuridad, ayúdame a despertar con la conciencia tranquila, sin luchar con los monstruos de mi ser profundo, y sin tener que enfrentarme conmigo mismo. Que las pesadillas de las personas buenas y honestas, cesen al momento. Y que las pesadillas de los hombres malos y crueles, se conviertan en lecciones.
Dulce susurro de la oscuridad. Conciencia mía. No mueras en la indiferencia y pide ayuda. Que las personas buenas conviertan tu manto oscuro en sabana dorada, y que los hombres por fin puedan descansar en sus casas. En paz.
Alexander Copperwhite

lunes, 2 de enero de 2012

No cierres los ojos

La sal obstruía sus fosas nasales que se dilataban para inhalar una pizca de aire. Durante el sueño, ningún amigo se había acercado para ayudarle y ningún animal había intentado atacarle. Las llamas de dos soles le atravesaban la piel y el viento del sur, o eso pensaba él, le relamía las heridas, enrojeciéndolas a causa de la arena que se espolvoreaba a modo de antiséptico; sólo que actuaba de forma contraria. Estoy soñando o me ocurre de verdad. –Se preguntaba constantemente-. Su mirada, que se perdía en el horizonte, escrutaba las memorias que se escondían bajo la corteza craneal en busca de recuerdos de esta vida. Despierta. –Se decía a sí mismo-. Y un cangrejo con pinzas de latón le apretaba el cuello como si fuera a partírselo.
                -¡Noooooo! Estoy vivooooooo… -Gritó-.
                Las atormentadas manadas de tortugas voladoras, despabilaron de inmediato y se escaparon; unas volando e introduciéndose bajo la azulada arena.
                -¡Noooooo!
                Sus ojos de reptil, empezaron a acordarse de todo. Como su hermana le acariciaba la aleta antes de partir hacia la guerra; como sus padres le entregaron el Mousa, el arma familiar con el que se habían defendido durante generaciones y su novia, con pastosas lágrimas bajo sus verticales parpados, se despedía abrazándole.
                Quinientos millones de soldados se unieron para defenderse de la invasión. Algunos acudían con elefantabros, unos caballos de combate con enormes orejas para protegerse y una trompa a modo de látigo y otros en cochetes de dos plazas, que era una mezcla de carromato real con motor de combustión lateral. Pero su tecnología y su gran número de efectivos resultaron inútiles. Y el llamado hombre del planeta azul, también apodado tierra, había conquistado a su planeta en menos de una semana.
                A los supervivientes que se negaron a someterse, los convirtieron en esclavos y a los esclavos que se negaron a obedecer, les enterraron vivos hasta las antenas. La noble civilización Tsarnenie, había sucumbido. El rojizo cielo, fuente de inspiración para su pueblo, ardía a causa de las llamas de la opresión y la indiferencia. Una civilización moría, para que otra ocupase su lugar.
                El niño se despertó asustado y gritando. Su madre, raquítica a causa de la prolongada guerra y la consecuente hambruna, abrazó a su pequeño y lo apretó con fuerza sobre su pecho. No te preocupes, sólo ha sido un sueño. –Dijo la madre con voz temblorosa-. Sacó un trozo de pan enmohecido, restos de una capsula de provisiones proveniente de las naciones unidas, y se la dio lentamente para que no se acostumbrase a comer demasiado.
                El niño había despertado del sueño. No se encontraba en ningún planeta extraterrestre ni había alienígenas enemigos. ¡No! No hacía falta viajar tan lejos. Y a pesar que a menos de quinientos kilómetros de donde estaba, el mundo tiraba comida y dormía plácidamente quejándose por capricho, el niño se acurrucaba en los brazos de su madre y no entendía la diferencia entre lo que había soñado, y la realidad.
Alexander Copperwhite