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domingo, 18 de noviembre de 2012

Noches de luz oscurecida


Bajo la ensangrentada mirada del dueño del tiempo, la presa jadeaba de cansancio y horror. Las voces de la noche susurraban su nombre, una y otra vez, sin que ella pudiera entender el idioma de las palabras que lo seguían.

- Emma, hapoter num samoit.

Tiritaba del dolor producido por la mordedura del ser maligno. Sus ojos se asemejaban a mil infiernos que pululan en los corazones de los desavenidos, sus orejas se estiraban malditas, como las de un animal casi extinto, sus pies, sus brazos, y lo poco que se distinguía del putrefacto cuerpo de ese ser, apestaba a migrañas de desastres inundados en ríos de sangre inocente.

Ella no era capaz de reaccionar. Por desgracia, se había paralizado y únicamente conseguía gritar histéricamente, sin conseguir nada con ello.

- Emma, faretem num samoit.

Esas palabras, esa frase que su significado se ocultaba en el pasar del tiempo y que nadie, excepto los malditos, podía comprender; invadía sus pensamientos y la atormentaba. Palabras de odio y sacrificio humano; palabras de desasosiego que conduce a la vida eterna; palabras de terror que se inyectaba directamente en las venas de las víctimas.

Emma moriría, pero no antes sin ser torturada.

El ulular de pensamientos adversos se mezclaba con el aullido de las bestias nocturnas que esperaban su pequeño pedacito de carne humana. Así se alimentaban los siervos de los vampiros; así sobrevivían en esta pestilente y mísera vida que les habían regalado. Animales peludos que caminan como hombres olvidados por Dios, y que se arrastran para complacer a sus amos provenientes del infierno.

Los dientes se le calvaban con más contundencia y a más profundidad, el sentir de sus músculos se entumecía y se desvanecía, como si se quedasen dormidos o si su cuerpo fuese descompuesto. La sangre caliente se derramaba por la comisura de la herida, que se parecía más a unos labios rotos que a una desgarrada parte del cuerpo humano.

- Emma, gume num samoit.

Ella por fin entendió las palabras. Por fin supo qué era lo que buscaba ese ser extraño y desfigurado, olvidado por los cielos y reclamado en el infierno. El vampiro quería su alma inmortal que fluía por su sangre. Y así, él viviría para siempre mientras ella estaría condenada a vagar sin alma entre el resto de los sacrificados. Sin penas, sin dolor… sin recuerdos. Olvidada por todos y para toda la eternidad.

 

Alexander Copperwhite

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Mi opinión – La página 64, de Fran J. Marber

        Todo lo relacionado con Julio Verne, me fascina. Eso es lo primero que me llamó la atención en esta novela de ficción y aventura, aunque el autor quiere darnos a entender que se trata de hechos relatados más que de una historia bien escrita. Y eso también le otorga un toque de misterio. Como de costumbre, no hablaré demasiado sobre la novela en sí y me centraré en comentar lo que pienso, pero he de destacar que las descripciones del Paris, que el autor nos pinta en su lienzo mental, a través de las palabras, son intrigantes y cautivadoras. Los sentimientos también se ven traicionados, tanto los del protagonista, como los del lector, puesto que nos sorprendemos y nos confundimos (de buena manera) hasta llegar a un final propio de Julio Verne.
        No dudé en hablar de esta novela en el programa radiofónico Novitiis Scribaes y recomendarla a los lectores, y no perderé la ocasión de hacerlo aquí también. Trepidante, refrescante adornada con toques Vernescos, misticismo y ocultismo. Os invito a descubrir un Paris moderno envuelto de lo antiguo y sus incógnitas. Una excelente manera de exprimir la lectura.
        Alexander Copperwhite

sábado, 3 de noviembre de 2012

De noche

                
La oscuridad es la ventana por donde la mente ve… cuando los ojos descansan, y conforme más te adentras en ella, más consigues ver.
*
Su respiración se tornaba tenue y apacible. Sus parpados se abrían lentamente y sus pies sentían el helor del suelo. Se sintió vivo. La tierra, grumosa y húmeda, se le metía entre los dedos y eso le agradaba de tal forma, que se esforzaba por introducir sus pies un poco más adentro, hasta que sus uñas notaban el tacto de la gravilla que se encontraba bajo la esponjosa superficie. El olor a clorofila que desprendía la hierba al quebrarse, le invadía las fosas nasales e impregnaba sus pulmones, purificándolos. Y la espesa y grisácea bruma, que envolvía el entorno y lo transformaba en un espectáculo blanquinegro, le rodeaba y le abrazaba.  
Batió los brazos e intentó apartar la espesura de su alrededor. Ladeó la cabeza hacia la derecha y terminó por vislumbrar unas sombras que paulatinamente, tomaban formas extrañas. Sus ojos se estaban acostumbrando a su nuevo entorno. Los pétalos de unas margaritas, de tonos ceniza que rodeaban un corazón aterciopelado de color negro, comenzaban a aparecer cual capullos que se abren al ser acariciados por el sol. Pero se encontraban en la oscuridad. Muy cerca, justo por encima de las margaritas, las ramas de unos almendros se entrelazaban entre sí, creando una imaginaria telaraña de un grosor imponente y de un olor almendrado.
Él se detuvo y se lo pensó dos veces antes de continuar con su incauto paseo.
Agitó sus manos a modo de abanico para despejar la negrura de sus ojos. Dio un par de pasos hacia adelante y de repente se detuvo. Un zumbido, suave y melódico, casi musical, atrajo su atención por la derecha, y poco a poco, pasó por encima de él y se detuvo cerca de su oreja izquierda. ¿Qué será? –Pensó-. Entonces el zumbido se acentuó y desapareció en cuestión de segundos. Él intentó seguirlo con la mirada. Incluso movió rítmicamente la cabeza persiguiéndolo, pero fue en vano.
De pronto, un diminuto punto brillante apareció de la nada. El zumbido resultó ser una luciérnaga, que al agitar con fuerza su cola, un parpadeo comenzó a diluir la oscuridad y a conceder color a la tierra, y a las flores, y a los árboles. Por donde quiera que pasase, la luciérnaga revelaba la verdadera belleza del lugar. Los pétalos de las margaritas aparecieron blancos como nubes, y sus centros se parecían a burbujas de color miel arrugada. Los almendros que coronaban la parte superior, adornados por las flores de almendra de manchas rosáceas, se tambaleaban suavemente y el polen que soltaban creaba una ilusión vaporosa que se escurría hacia el suelo.
Conforme más revoloteaba la luciérnaga por los alrededores, más detalles se desvelaban. Una fina hilera de hormigas rojas, cargadas con semillas verdes, amarillas y castañas, se extendía por los troncos creando unas ficticias enredaderas de un arcoíris quebrado, o unos hilos de acuoso colorido. Mágico. La luminosidad que reverberaba sobre el rocío que acariciaba el todo, titilaba con cada movimiento causado por el viento, o por el forzoso empuje de un animal que se encontraba de paso.  
Entonces, medio centenar de mariposas alzaron el vuelo y se mezclaron con la naturaleza, y agitaron las margaritas, y se bañaron en el polen, y ahuyentaron a la luciérnaga; pero la luz no se marchó con ella. Poco a poco, un brillo dorado, cálido y diáfano, desterró la oscuridad por completo y las mariposas se veían con mucha más claridad. Él no sabía si quería seguir con la mirada a la que tenía las alas de corazón, o a la que arrastraba con su cuerpo los restos de un hilo de seda verdoso. Hasta que finalmente, una mariposa se detuvo a descansar en su dedo. ¡Ohhh! –Exclamó-. Levantó la mano hasta acercársela a la altura de su cara, e intentó escucharla. La mariposa le contaba cuentos de hadas, anécdotas de duendes, y enigmas de ranas sabias, pero él no era capaz de entenderla. Por mucho que la acercase a su oído, y por muy capaz que fuese en diferenciar el sonido de su voz, no comprendía sus palabras. Y justo cuando pensaba que por fin empezaba a distinguir una palabra entre las muchas que le susurraba, la mariposa alzó de nuevo el vuelo y siguió al resto de sus compañeras que se alejaban desapareciendo en el horizonte.
Un ruido trajo el silencio y una cálida sensación en el pecho le distrajeron. Se sintió extrañamente complacido, mientras un olor a tostadas con arándanos caramelizados le aguó el paladar. El resplandeciente escenario fue apagándose hasta que una mancha de diluida tinta azul o de desgastada tela verde, comenzó a apoderarse de todo. Y la oscuridad regresó de nuevo. Él no tenía miedo, sino más bien todo lo contrario. Experimentaba la sensación de volar hacia otro lugar, igual de bello e igual de mágico. Estaba flotando.
Y entonces… abrió los ojos.
Las figuras de sus padres aparecieron ante él, y sus voces, suaves y cariñosas, le preguntaron casi al unísono.
- ¿Has dormido bien hijo mío?
Y él, esbozando una tímida sonrisa y restregándose los ojitos, sencillamente contestó:
- Sí.