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martes, 13 de diciembre de 2011

Un día de carreras

- Giro hacia la derecha,  y después coge la recta y acelera.
El cambio de marchas, perfecto; la coordinación de brazos y piernas, inmejorable, la velocidad alcanzada con su coche, de record. Mateo era el conductor perfecto. Una máquina de precisión de las que, únicamente, aparecen cada cien años. Su escudería le había contratado como suplente de otro conductor hacía ya un par de años, y cuando se le brindó la oportunidad, no la desaprovecho.
- Cuidad con la siguiente curva. Prepárate para adelantar. –Dijo de nuevo su director de equipo-.
La mirada clavada en la carretera y con los dedos se agarraba con fuerza al volante. Golpes de muñeca suaves y cambios de marcha milimétricos. Coge la curva, acelera, frena detrás de su rival, rebufa el motor, acelera de nuevo y adelanta sin problemas. Lo tengo todo bajo control. –Pensó Mateo-.
- ¡Muy bien! Ahora frena un poco y prepárate para coger “La Dolorosa”
Así llamaban la curva más peligrosa del circuito. “La Dolorosa”, “La Devoradora de Estrellas” o “La Mula”. Sólo los insensatos o los tercos la tomaban sin frenar lo suficiente. Mateo lo sabía y nunca se arriesgaba.
- Has salido sin problemas. Mantén el ritmo que, con una vuelta más, ganas la carrera.
El aclamado conductor aceleró, tomo las curvas con maestría, siguió las rectas con firmeza y maniobró por el asfalto de manera impecable. El banderín de cuadros ondeaba a lo lejos, listo para ser bajado con ahínco y anunciar al ganador.
Mateo cruzó la línea de meta, se bajó del coche y celebró la victoria con una descomunal botella de champan, y haciéndose fotos con las bellísimas azafatas. Lo había conseguido.
Lástima que todo eso se lo estaba imaginando, cuando año tras año, los coches corrían por la pista de carreras que él se había quedado calcinado hacía ya muchos años. Su espectro, tostado por las llamas y apestando a gasoil, deambulaba reviviendo, una y otra vez, ese día que debió de ser glorioso. El exceso de confianza le impidió soltar el acelerador cuando entraba en “La Dolorosa”.
Alexander copperwhite


domingo, 20 de noviembre de 2011

La crucifixión de los ciegos

Ya podéis descargar mi nuevo relato “LA CRUCIFIXIÓN DE LOS CIEGOS” <<+16>> totalmente ¡¡¡GRATIS!!! en mi web. Si os apetece, dejad algún comentario. http://alexandercopperwhite.com/descargas/la-crucifixi%C3%B3n-de-los-ciegos/ Relato de terror. Los misterios de la antigüedad que nos rodean, llevan consigo los restos de los pecados cometidos de nuestros antepasados. Los caminos abiertos y la sangre derramada, sólo con dolor y sufrimiento se pueden expiar. Y aunque intentemos ocultar lo infame, siempre nos vuelve a encontrar.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Como los cuentos de la mar

Hace ya bastantes años, en un país muy lejano, los caballeros saludaban a las damiselas y ellas se contoneaban grácilmente. Las margaritas trepaban hasta los balcones de las casas y los girasoles siempre miraban a poniente, porque la brisa fresca les hechizaba más que los calinosos rayos del sol. La plaza central albergaba fuentes y riachuelos que se entrelazaban unos con otros, creando una enorme telaraña de reverberante agua y burbujeante frescor. Sobre las copas de los eucaliptos, verdes y frondosos, la ave local, mitad gaviota mitad búho, posaba para descansar de sus paseos al lago, y después merendaba en la orilla del mar. Desde lo alto de la montaña vecina, “La Temblorosa”, se divisaban las llanuras que se extendían hacia donde no alcanzaba la vista y estaban plagadas de trigo fresco, avena, y cebada para la elaboración de la agridulce cerveza. El tiempo transcurría ladeando los malos augurios y las desafortunadas coincidencias que sucedían en otros países. El tiempo era la más dulce y preciada posesión de los habitantes del país.
Una tarde extraña, cuando el sol ya había nacido por occidente y se ponía por oriente, los girasoles se agazaparon a besar la humedecida tierra y las margaritas se bajaron de los balcones. El llanto de un bebe desconsolado, atormentó a los pacíficos habitantes del país, que no estaban acostumbrados a lidiar con lagrimas infantiles ni con ninguna clase de quejidos. Unos nubarrones negros ensombrecieron los tejados dorados y afearon el resplandor de las estatuas de mármol verdoso. Los peces de colores que nadaban plácidamente se empavonaron de una melaza espesa y perdieron sus colores brillantes. Los caballeros, intentando aparentar serenos pero se arrinconaron en las parcelas de las casas donde, las bellas doncellas, se habían cobijado hacía ya rato. Y a lo lejos, desde lo más profundo del basto océano, el navío de patas largas se acercaba con premura.
El apodo de patas largas siempre iba acompañado con otro tipo de apodos más espeluznantes. Esquilador de hombres, degollador de mascotas, e incluso desatornillador de portones. Nada aterrorizaba más, que cuando uno se recogía plácidamente a su casa, de repente la puerta se te echaba encima y te partía una pierna, un brazo, o incluso la cabeza, aunque algunas veces sólo te dejaba sordo. La sanguinaria y borrachosa tripulación que le acompañaba, siempre dejaba huella en las casas de las hermosas damiselas. Les ensuciaban las vajillas de sus madres, les escupían en las sabanas recién lavadas, y lo peor de todo, utilizaban sus inodoros sin levantar la tapa y sin tirar de la cadena. El desastre se acercaba a la ciudad del país del otro lado de la realidad.
Conforme se acercaba el gran navío, los ciudadanos decidieron construir una barrera, hecha con migas de pan endurecidas y pegamento de caballo para rejuntarlas. La levantarían al menos con cinco metros de altura y de anchura tendía como mínimo dos. Lástima que necesitarían más de cuatro semanas para acabarla y para entonces, los extravagantes piratas ya se habrían marchado con sus fechorías acabadas y su bochas llenas con increíbles botines.
Unos delfines del otro lado de fondo oceánico, atravesaron la barrera de medusas y arrecifes de coral, y escucharon el silencioso temor de los habitantes que se encontraban en tierra firme. Puede que no se conocieran demasiado. El viaje hacia la costa era muy peligroso para hacerse con frecuencia y únicamente se acercaban en primavera, cuando las ramas de los arboles se sumergían bajo el agua de las playas y la marea subía para abrirles el paso. De todas formas; los delfines querían a sus vecinos y no permitirían que sufrieran las nefastas consecuencias de la indeseable visita.
Atravesaron el coral, nadaron a través de las medusas, coletearon con fuerza y saltaron por encima de la superficie del mar. El puñado de delfines se convirtió en decenas y pronto, más de mil delfines nadaban en la mar, por donde la proa del barco pirata surcaba. Se arrimaron lentamente, como si una masa uniforme se estuviera condensando, y encallaron al barco en sus suaves y delicados lomos. Los piratas no podían reaccionar; el timón se había roto, el ancla puesto del revés y los botes de emergencia desaparecieron bajo las aguas como por arte de magia. Los delfines corrigieron su rumbo y les guiaron hasta el gomoso y humeante infierno de donde provenían.
Los habitantes lo vieron todo, y volvieron a respirar la paz y la tranquilidad que siempre habían respirado. Los delfines se convirtieron en héroes y el vínculo perdido con la naturaleza y el hombre se hizo más fuerte que nunca. Los burros de los alrededores cantaban haciendo un coro de bienvenida a la nueva era y los gallos clocaban al unísono con las gallinas, y las cabras lamian a los perros para que ellos aullaran en sintonía. Los habitantes, para agradecer el esfuerzo y el sacrificio de los delfines, levantaron una estatua que perduraría para él jamás de los jamases, y los bebes ya no llorarían nunca más.
Alexander Copperwhite

domingo, 30 de octubre de 2011

La dama del bosque

En el bosque de Maferen, dónde el perejil trepa alrededor de los árboles y entre el musgo de invierno, el nacimiento de una nueva e inesperada criatura se esperaba con ansiedad. Los roedores enredaban las ramas de los arbustos para crear un lecho, los búhos lo vigilaban durante la noche, los canarios lo adornaban durante el día y entre tanto y tanto, los pavos reales salvajes, lo refrescaban con su aleteo durante las horas del medio día. La criatura mágica, mitad humana y mitad sueño, compartiría con los habitantes del bosque un amor tan profundo, que jamás, nunca jamás, nadie se sentiría sólo.
Los pinos abanicaron el claro, los ciervos revolotearon de alegría y los peces del estanque cercano, saltaban ondulando sus cuerpecitos y reflectando los rayos dorados del sol. La criatura estaba a punto de llegar. Nacería entre los racimos de uvas salvajes y los pétalos de rosas que yacían en el lecho sin marchitarse. El rojo vivo, el verde oscuro y el transparente acuoso de la bruma matinal, ejercerían de manto de bienvenida. Los canticos de los pájaros y el correteo de las liebres; de música. Y el viento refrescaría la vaporosa agua que abrazaría a la recién nacida.
La pequeña, apartaba la dulce tierra de sus hombros para abrirse paso, olisqueaba los pétalos de rosas para coger ánimos y chirriaba dócilmente para acompañar a los canticos. Armonioso. Su tacto era bendito. Su sonrisa divina. Su cuerpo esculpido con firmeza y esbelteza. La más bella de las bellas, y la más deseada de todas.
 Los años transcurrieron, y la bella del bosque de Maferen se hizo mayor. En todo el mundo se hablaba de su extraordinaria belleza y de lo poderosa que era. Creaba vida de la nada. La árida tierra se convertía en fértil y con un solo beso, revivía petunias y aclaraba las aguas.
Cuatrocientos príncipes, mil cuatrocientos embajadores y veinticinco mil caballeros reclamaron su mano. Ella no sabía a quién escoger. Ella era feliz en el bosque junto a su familia; la naturaleza. Los hombres se arrodillaron ante ella, y le hicieron promesas de prosperidad y riquezas, de glorias y honores, de coloridos tejidos y alegres castillos ajardinados. Pero se sentía triste porque percibía la envidia en sus ojos. Todos querían poseerla y amarla hasta la saciedad. Todos darían su vida por ella.
La dama no se decidía y los hombres empezaron a dudar. Dudaban de la nobleza de sus adversarios y de la pureza de sus intenciones. Se miraban malamente, se despreciaban, y lo que había empezado como un caballeresco cortejo, lentamente se transformaba en disputas verbales. Y poco a poco; el corazón de los hombres se envenenó de amor y deseos, y se retaron unos a otros.
-Alto-. Dijo la dama del bosque. –Ya he decidido con quién voy a casarme-.
El silencio volvió a imperar en el bosque. Los puños se ablandaron y las cabezas dejaron de pensar en la posesión y en la lujuria.
- Me casaré con el bosque-.
Los hombres se quedaron atónitos. Algunos empezaron a reírse de impotencia y otros se mostraron enojados.
- Eso no es posible-. Dijo el más brabucón.
- Sí lo es-. Contestó la dama.
Lentamente, acarició la humedecida tierra que la rodeaba, enterró la punta de los dedos de sus pies, y miró hacia el cielo. Sonrió con dulzura y despreocupada. – Tomo esta decisión porque os amo a todos-. Su cuerpo empezó a estirarse, sus dedos a alargase, su cristalina voz a extinguirse. Sus uñas se convirtieron en centenas de hojas verdes, sus pechos en multitud de ramas perfectas y su cantar, en un suave contoneo del viento.
Los hombres se inclinaron ante tal regalo. El árbol de la vida.
Alexander Copperwhite

jueves, 27 de octubre de 2011

Mírame - Capítulo V (Final)

V
Los años pasaron, y la vida siguió su curso. Momentos de alegría y momentos de tristeza acompañan el pasar del tiempo, junto con sus inevitables consecuencias. Ana y Mario tuvieron dos hijos. Primero una niña que la llamaron Margarita y después un niño que lo llamaron Juan. El abuelo aún batallaba con su tos y sus resfriados de invierno pero resultó ser un excelente cuidador y un magnifico educador. La casa rebosaba de alegría y todo aquel que era invitado a visitarla siempre era bienvenido.
En el museo, los cuadros iban y venían, y los visitantes también. Mario hacia sus rondas por los luminosos pasillos durante el día y durante la noche, siempre llevaba encendida su linterna. El también sentía el latir del corazón de los cuadros que le rodeaban.
En una ocasión, Ana le recordó lo sucedido y sonrieron. Ellos conocían el secreto de los cuadros. No albergan espíritus, ni te hacen permanecer joven eternamente. Captan las emociones de quienes los pintan y de los que forman parte de ellos. Captan las sonrisas y las lágrimas, el amor y el odio, la alegría y el dolor, la vida y la muerte. Lo que en realidad transmiten, son los sentimientos de las personas. Y por eso son tan especiales. Por eso tienen tanto valor.
A Ana le gustaba mirar a las dos Majas. Ahora sentía que todo iba bien. No había diferencia entre ellas. Eran una sola persona; un único sentimiento. Se acarició el mechón blanco de su flequillo y alargó la mano como si quisiera darles las gracias por el regalo. Era el signo de que su alma había cruzado el umbral del otro mundo, y había salido ilesa, y premiada. Un toque de inmortalidad. Y Mario, mientras ella miraba, tocaba, y restauraba los cuadros que le llegaban de todo el mundo, siempre vigilaba de cerca a su amada Ana sin que ella se diera cuenta. Pero en realidad, ella sentía a Mario vigilándola, porque se habían convertido en almas gemelas.

domingo, 23 de octubre de 2011

Mírame - Capítulo IV

IV
Los días transcurrieron plácidamente y el abuelo de Ana se alegraba de verla tan feliz. Ana tenía el trabajo que más deseaba y salía con un joven muy guapo, amable y encantador. La casa se llenó de alegres conversaciones cuando los tres compartían mesa y, por fin, podía hablar con alguien sobre futbol y cosas de hombres. En el museo todo marchaba bien. Enseguida acabaría su trabajo con La Maja Desnuda y empezaría con otro. Mejoraría su técnica y pronto le asignarían trabajos más complicados. Ana estaba contenta, pero en su interior, sentía que algo no iba del todo bien.
El cuadro de La Maja Vestida, reluciente y en perfectas condiciones, aguardaba desde hace ya unos días, a que su cuadro casi gemelo estuviera listo para que ambos pudieran volver a ocupar su lugar en el museo. Ana sentía en sus dedos los colores y la textura del trabajo de Goya. Respiraba parte de él y sentía parte de los sentimientos de la modelo. De pronto, la miró como nunca antes la había mirado, y entendió que no era igual que su gemela. Alargó la mano para tocarle el cabello. Tocó el suave y agrietado lienzo, y sus pupilas se dilataron.
- ¡Dios santo! –Gritó-.
Un espectro de colores se despegó del rostro de La Maja Desnuda, e igual que un código de barras con el colorido de un arco iris difuminado, le tocó la yema de los dedos como si quisiera morderla.
Mírame...
Era el susurro que había oído cuando conoció a Mario. Se echó hacia atrás y se frotó los ojos. Empezó a marearse y perdió el equilibrio. Los músculos le fallaban, la vista también y, en un abrir y cerrar de ojos, cayó al suelo entre los dos cuadros.
*
Cuando abrió los ojos, existía pero no existía. Su cuerpo flotaba y su voz estaba apagada. Levantaba los brazos pero no los sentía; movía las piernas pero permanecía inmóvil; deseaba girar la cabeza pero lo que veía la acompañaba.
Un hombre de mediana edad, con sombrero blanco, traje a juego, bigote frondoso y bastón. Caminó delante de ella y la miró sin mirarla. Ladeó suavemente la cabeza, se acarició el bigote y se dirigió hacia una mesita en medio de una pequeña plaza rodeada de flores para sentarse al lado de una hermosa mujer. Ana no se lo podía creer. Era la modelo del cuadro pintado por Goya. Vio como la camelaba y como la trataba con dulzura. Entre las disimuladas risas de la joven, oía el sonido de los pájaros cantando y olía el aroma de los pétalos de rosas que rodeaban unos jazmines de varios colores. La gente por los alrededores era amable y se saludaba cortésmente; por todas partes se respiraba un aire de sosiego, pero Ana se sentía inquieta.
Cuando por fin se dio por vencida, decidió no resistirse y observar lo que transcurría ante ella como si de una película se tratase. Rápidamente, la plaza desapareció y ahora se encontraba en un taller de pintura. El olor de un aceite vaporoso, una calidez primaveral que la envolvió, y la sonrisa de La Maja Vestida, le hicieron sentir como en casa. La luz del día entraba por los enormes ventanales y reverberaba por las lustrosas superficies de los cuadros recién pintados. En una esquina, el maestro se enfrentaba al caballete, blandiendo sus pinceles igual que un experimentado espadachín. El hombre del bigote sonreía complacido y la dama, también.
Mírame…
De pronto, Ana miró a la modelo que, a pesar de estar sonriendo, lloraba. Ya no estaba vestida sino desnuda. Su cuerpo lleno de moratones y su cara llena de cortes, no era lo que Ana se había imaginado. Posaba de la misma manera que lo hacía antes, pero a desgana. El hombre del bigote, gritaba enfurecido tanto a ella, como al maestro y únicamente se entendían las palabras “os voy a matar a los dos como no lo hagáis”. Goya pintaba con la mano temblando y La Maja, intentaba limpiarse, de manera disimulada, la sangre que corría por su boca.
Cuando Ana entendió lo que en realidad había sucedido durante la creación de los cuadros, el tiempo se paralizó. Había perdido su invisibilidad y los tres espectros aparecieron repentinamente delante de ella observándola.
Márchate… Te mataré…
Ana quiso cerrar los ojos pero la imagen, la acompañó en la oscuridad. Empezó a chillar hacia sus adentros de manera espantosa, pero sólo se oía a sí misma en el interior de su mente. Luchó para liberarse de las invisibles cadenas que la sujetaban. Quiso alejarse del hombre bigotudo que respiraba sobre su rostro. Hasta deseó morir con el fin de evitar tener que sufrir a manos del enloquecido hombre.
- ¡Noooooooooooooo!
- ¡Ana! ¡Ana! ¿¡Estás bien!? –Dijo Mario preocupado-.
Hacia unos minutos que la había encontrado en el suelo e intentaba despertarla. Su angustiada cara y su entrecortada voz, se ahogaban en una preocupación profunda. Cuando por fin Ana se despertó y gritó, la apretó contra su pecho, y suspiró de alegría.
- Mario ¿eres tú?
- Soy yo mi amor. ¿Qué te ha pasado?
- He tenido un sueño muy extraño. –Contestó Ana-.
Conforme se levantó, apoyándose en los brazos de Mario, miró a los dos cuadros.
Mírame…
Se echo hacia atrás asustada y Mario se puso delante.
- ¿Quién anda ahí?
Los colores del los lienzos empezaron a evaporarse y a acercarse a los dos jóvenes, como si miles de hilos rectos deseasen envolverles para devorarles.
- ¡Atrás! –Gritó Mario-. Ana no te quedes. ¡Huye!
- Dios mío no era un sueño. –Tartamudeó Ana-.
Mírame… Ayúdame…
Ana apretó los dientes y miró a las dos distorsionadas figuras que en realidad intentaban juntarse y envolverse a sí mismas. Paralizadas porque no alcanzaban una a la otra, se estiraban con ahínco pero no lo conseguían.
- Espera Mario. Creo que necesitan ayuda.
- Pero… ¿estás loca?
- Confía en mí. Yo sé lo que sucedió.
Ana abrazó a Mario, y se colocaron en medio de los hilos, uniéndolos. Una suave brisa acarició sus rostros y un dulce aroma a melocotones y fresas recorrió sus fosas nasales hasta su paladar. Las dos gemelas, la feliz y la maltratada, se convirtieron en uno.
Gracias… Gracias…
El susurro desaparecía y todo volvió a la normalidad. Todo, excepto el flequillo de los dos jóvenes que se había emblanquecido. Ahora no sólo eran hermosos, sino también excepcionales, y ambos lo se habían dado cuenta de ello.

viernes, 21 de octubre de 2011

Mírame - Capítulo III

III
Dos años más tarde…
- Abuelo, abuelo. Por fin me van a dejar un cuadro para restaurarlo. Sólo se trata de una limpieza rutinaria, pero es un comienzo.
- No sabes cómo me alegro por ti mi pequeña. Ghhhm. Ghhhm. –Dijo su abuelo tosiendo-.
- ¿Te encuentras bien?
- Sí pequeña. Es este invierno que cada vez me pesa más. Lo de todos los años.
- Bueno. Tu tomate algo caliente y descansa. Esta noche cuando regrese te contaré como me ha ido.
Ana estuvo a punto de cerrar la puerta cuando su abuelo la llamó.
- Ana… no me has dicho como se llama el cuadro.
- ¡La Maja Desnuda! –Dijo Ana y dio un portazo-.
Media hora más tarde, llegó al museo y entró por la puerta trasera. Durante el trayecto hacia su trabajo, no paraba de canturrear y bailotear de manera disimulada, para que no la tomasen por loca o por ligera de ideas. Normalmente no le importaba lo que opinaba la gente de ella, pero había emprendido un nuevo camino y quería llegar hasta el final. Quería que le encargaran trabajos de todo el mundo; los cuadros más importantes e importantes y para ello, debía moderarse en todos los aspectos de su vida.
- Hola Ana. Llegas pronto como de costumbre.
La responsable de las restauraciones, admiraba su pasión y esfuerzo, y por ello la había premiado con una oportunidad única. Ella lo sabía… y Ana también.
- Hola María. No sabes cuánto te agradezco lo que has hecho por mí. No sé qué hacer para…
- No hace falta que me lo agradezcas más. Tú céntrate y haz bien el trabajo. Estas preparada y motivada, así que, manos a la obra.
Entraron a la acondicionada habitación, donde se encontraba La Maja Desnuda y su gemela vestida. María se encargaría de la limpieza de la otra obra para poder observar, aconsejar y perfeccionar el trabajo de Ana. Deseaba con todas sus fuerzas que la bella mujer, encontrase su hueco en este mundillo tan competitivo.
- Recuerda todo lo que te enseñaron y mis consejos. No tienes nada de qué preocuparte y como siempre, estaré justo a tu lado por si me necesitas. ¿De acuerdo?
Ana asintió con la cabeza y se preparó. Durante el día, ambas mujeres se ensimismaron. Escrutaron sus respectivos cuadros con lupa, se pusieron guantes de látex, prepararon el material y, suavemente, acariciaron las superficies de los cuadros con algodón de fibra fina empapados en una cristalina solución que se evaporaba casi instantáneamente al entrar en contacto con la obra de arte. Con la paciencia propia de una madre, Ana mimaba al objeto inanimado, pero aún así, lleno de vida.
Cuando llegó la noche, María había acabado casi la mitad de la primera parte de la restauración mientras Ana, aún se encontraba al principio. La experta restauradora, sonrió recordando sus inicios y se acercó a su aprendiz.
- ¿Qué te parece si seguimos mañana?
- Me gustaría quedarme un poco más. ¿Puedo?
- Pues claro. ¿Cómo puedo negarme a eso? Sería una jefa horrible si no te permitiera trabajar más por el mismo salario. Jajaja. Avisaré a los de seguridad de que te quedas y de paso que te echen un vistazo de vez en cuando por si necesitas cualquier cosa.
- Gracias María. Buenas noches y hasta mañana.
*
- Has visto el bombón que se ha quedado en restauración. –Dijo el bigotudo guardia de seguridad-.
- Acerca la cámara para que la vea mejor. –Contestó el joven novato-. ¡Madre mía, está buenísima! Me acercaré para realizar una inspección… rutinaria.
- Y de paso la saludas. ¿No truhán?
Mario sonrió, se colocó el cinturón, se arregló la camisa, y se dirigió a conocer a Ana. Desde la sala de seguridad, al área de almacenaje y restauración, había un trecho. Los marcos de los cuadros, que bajo las sombras de las azuladas luces de seguridad resultaban más vistosos que las obras en sí, ocultaban las miradas de las almas retratadas, ya fallecidas muchos años atrás. El joven se preguntaba cómo serían sus vidas durante aquellos tiempos inciertos y después de pensárselo mejor, decidió que preferiría no saberlo. Al fin y al cabo, ni disponían de internet, ni de radio, ni de televisión para ver los partidos de futbol. Que vida más aburrida. –Pensó y se arregló el pelo-.
Sus pasos, reverberaban por todo el lugar. Durante unos segundos, quiso andar sigilosamente. Menuda bobada. ¿A quién voy a molestar? –Se dijo a sí mismo en voz baja-. Cuando cruzó la gran puerta que conducía a la zona de almacenaje, el olor del ambiente y la textura del suelo cambiaron por completo. Cajas de madera, cajones polvorientos, arrugadas sabanas antaño blancas, lonas de plástico transparente y fino, dos transpaletas eléctricas, el olor de lo viejo y de lo nuevo y, por supuesto, la sensación a cerrado que desprendía todo almacén, caló en la nariz y la vista de Mario. Alumbró con su linterna algún que otro rincón oscuro para que nadie dijera que no hacía bien su trabajo, aunque nadie le miraba. Nadie vivo al menos. Algunas miradas de los retratos menos valiosos se clavaban en su mente y le provocaban escalofríos. Ya eres mayorcito para creer en esas sandeces. ¿No te parece? –Musitó para sus adentros-. Finalmente, divisó la puerta que le separaba de Ana, se olvidó de toda clase de charlatanería viejuna, y entro en la habitación para conocer a la mujer de sus sueños.
- Hola. Soy de seguridad y he venido para ver si necesitas algo.
Ana, absorta en su trabajo, no escuchó a Mario. Por otra parte, él caminaba sigilosamente hacia donde ella se encontraba, para que sus ojos degustasen en primer plano, lo que antes había visto por las cámaras de seguridad.
- ¿Hola? Señorita Ana… ¿te encuentras bien?
Al acercarse un poco más, el fuerte olor a disolventes y demás productos químicos le invadieron por la nariz, hasta que le pincharon en la parte inferior de los ojos.
- ¡Madre mía! ¿Pero qué es esta peste?
Se puso las dos manos en la cara y, con la derecha, se limpió las lágrimas que surgieron de forma espontanea.
- ¿No sabía que a los guardias les emocionaba tanto el arte? –Dijo Ana riéndose-.
Mario no tuvo ni que levantar la mirada, ni tampoco necesitaba aclararse los ojos para ver a Ana mejor. Su risa, su suave voz y se forma de hablar, le habían enamorado.
- Yo… yo… sólo venia a… no importa señorita. No quiero molestarla.
Ana, que después de tantas horas de trabajo necesitaba descansar, se acercó tímidamente. El musculoso y apuesto joven guardia, le hizo mucha gracia. En cuanto le escrutó con la mirada, y distinguió entre los aguados parpados unos ojos negros y profundos como el fin del mundo, entendió que se trataba de un hombre simple y excepcional. Su cabello, oscuro y refrescante como las noches de invierno, marcaba los rasgos de una cara bien formada, exceptuando las orejas voladoras, que le restaban belleza pero le sumaban encanto y simpatía. Enseguida entendió que se había enamorado. Ni ella podía creérselo. Hacía mucho tiempo que no había sentido algo parecido, o quizás nunca lo había hecho antes. Se sonrojó, y regresó apresuradamente a su cuadro para que Mario no se diese cuenta.
- No me molestas. Enseguida recojo y me marcho. –Dijo una emocionada Ana-.
- No… no… no venía por eso. Sólo quería saber si necesitabas algo. Nada más. –Contestó Mario-.
- ¡A! Ya veo…
Durante unos segundos que parecían minutos, el silencio imperó en la habitación. Ninguno de los dos era tan joven como para comportarse de tal modo y ninguno de los dos quería hacerlo; pero el amor actúa como le da la gana y no entiende de lógica.
Mírame…
Un susurro atravesó los oídos de Ana e inmediato se dio la vuelta.
- ¿Cómo dices? –Preguntó Ana-.
- Si no necesitas nada me marcho.
- Me refiero a lo que me ha susurrado, porque pensé…
- …
- …no importa. ¿Me acompañas hacia la salida?
- Puedo hacer algo mucho mejor si quieres.
- ¿A sí?
- Puedo invitarte a un café, si me lo permites.
- ¿Café?
- Bueno. Café o lo que te apetezca. –Contestó Mario con voz temblorosa-.
- Jajaja. Me parece una idea estupenda.

lunes, 17 de octubre de 2011

Mírame - Capítulo II

II
La noche ocupaba el lugar del día y las amarillentas luces envolvían el exterior del museo igual que un capullo de seda dorado. Las columnas, los arcos, las estatuas y los bajorrelieves sobre fondos anaranjados, se tornaban místicos, mágicos, misteriosos. Los pasos de los visitantes aún sonaban por los suelos de mármol rojizo con tonalidades quebradas. Los cuadros, se transformaban en representaciones cinematográficas, que fotograma a fotograma, invadían los sueños de los turistas y ocupaban el lugar de sus recuerdos. Y así noche tras noche.
Ana era la primera en llegar y la última en irse. Especialmente durante los meses de invierno que es cuando sus padres murieron que, mientras deambulaba por los pasillos del museo, se sentía más cerca de ellos que nunca.
- Pequeña. –Le decía su abuelo-. Tienes que dejar de llegar tan tarde a casa. O por lo menos de salir a estas horas del trabajo. ¿Por qué no sales con ese amigo tuyo, Antonio?
- No te preocupes tanto por mí abuelo. Estoy bien. Además, Antonio y yo ya no salimos juntos.
- Pues sal con otros. ¿Cómo es posible que una chica tan guapa como tu aún no esté casada?
- Son otros tiempos abuelo. Anda… vete a la cama que tengo que estudiar.
- Estudiar y trabajar… trabajar y estudiar… Ayyy pequeña, eso no es vida para los jóvenes.
El abuelo atravesó el angosto pasillo, repleto de marcos con fotos y recuerdos, hasta que llegó a su habitación. Se giró lentamente para despedirse con la mirada de su nieta, y cerró la puerta. Era demasiado mayor y ya no disponía de fuerzas para discutir con ella. Por una parte se alegraba de tenerla en casa pero, por otro lado, le disgustaba el no poder verla colmada de felicidad. Debería dejar de exigirse tanto a sí misma. –Pensaba el viejo-. Cuando salía a pasear por el parque del retiro, daba de comer a las hambrientas palomas y hablaba sobre política y charranerías ocasionales que sucedían por el mundo. Cuando surgía el tema de los nietos, sacaba pecho igual que un palomo danzando para aparearse, y hablaba maravillas sobre Ana. Era su tesoro, su vida, y su último pariente vivo.
Ana apagó la televisión, como hacía siempre, y se sentó en el sofá con un bocadillo de pechuga de pavo con queso fresco y tomate, un zumo de naranja y su libro sobre restauración de cuadros. Una colega suya la había invitado a presenciar la restauración de un importantísimo cuadro un par de años antes y a ella le había encantado. Incluso le había permitido retirar una minúscula fibra, insignificante para cualquiera que no entendiera ese arte, y su corazón casi se vuelca de alegría. No era talentosa. Como mucho pintaba un paisaje con un arte muy… rudimentario. Pero poder sentir el tacto de una obra maestra, acariciarla y formar parte de ella, le había resultado mágico. Durante unos segundos sintió el momento que se creó la pintura. Sintió como, tanto el artista como los modelos, la rodeaban con sus brazos y la guiaban a través del escenario, los colores y los sentimientos de los participantes. Notó como las dos amigas de un cuadro expuesto, disfrutaban de un hermoso día mientras se abanicaban y se cubrían con una sombrilla rosada y con su mascota descansando en el regazo de una de ellas. Notó como disfrutaba el maestro con cada pincelada, y como sonreía con cada paso artístico que daba. Si antes mostraba al mundo la belleza del arte, ahora quería tocar el arte y vivirlo.

viernes, 14 de octubre de 2011

Mírame - Capítulo I

I
Existe la leyenda, que cuando alguien te hace una fotografía, tu alma queda atrapada para la eternidad. Otros creen que cuando te retratan, no envejeces nunca, ya que la esencia de tu ser vive en esa pieza de arte para siempre. Si bien todas las leyendas contienen algo de cierto, una cosa está clara; cuando pasamos al lado de una imagen, unas veces nos entusiasmamos, otras nos causa tristeza o alegría, y otras nos horrorizamos, y los pelos se nos ponen de punta. Aunque se trate del retrato de una joven sonriendo.
*
- Bienvenidos.
Ana trabaja de guía en el museo del Prado. Experta en arte y amante de la vida, compartía su entusiasmo con todo aquel que lo desease.
- Pasen por aquí… pasen.
Su cabello largo y rizado, de color de aceite de oliva, brillaba bajo los suaves focos del museo convirtiéndose así en otra obra de arte.
- No os quedeis atrás, por favor.
Con su voz, encandilaba a hombre, mujeres y niños, atrayendo la atención incluso a los que no mostraban ningún interés por unos cuadros pintados hace muchos años. Como algunos pensaban.
- Bien… gracias. Me llamo Ana, y seré vuestra guía a través de los años junto a los distintos pintores y sus obras.
Con metro setenta de altura, delgada, de complexión fuerte y muy femenina, caminaba desprendiendo gracia y estilo, atrayendo miradas tanto despistadas, como curiosas. Se trataba de una mujer muy llamativa.
- En primer lugar, permitidme que os hable un poco de nuestro museo…
Ojos azules con puntos morados y rodeados por cejas finas. Penetrantes, absorbentes. Con cada gesto que hacía con las manos hipnotizaba a su público y con cada pregunta que le formulaban regalaba una sonrisa.
- Aquí tenemos dos de las obras más importantes y polémicas de Goya. La Maja Vestida y La Maja Desnuda. En su época, una de ellas, se calificó como obscena y la santa inquisición enjuició al pintor…
Ana pasaba la mayor parte de su tiempo en el museo. Sus padres, ambos profesores de bellas artes en la universidad de Madrid, habían muerto cuando ella tenía tan sólo doce años. Demasiado joven para entender el porqué y demasiado sensible. Percibía lo imperceptible y veía lo que nadie conseguía ver. Casi se volvió loca, pero gracias a los cuidados de su abuelo y el estrecho círculo de amigos de la familia, consiguió seguir adelante.
- Y ahora, podéis visitar la tienda de recuerdos y comprar lo que más os guste. Gracias por vuestra visita.
Los visitantes la aplaudían como si de una gran estrella de cine se tratase. A veces incluso, Ana hacía una reverencia como si realmente lo fuera. Un par de fotos de recuerdo, unas cuantas sonrisas y agradecimientos, y al acabar se dirigía a la entrada para recibir al siguiente grupo.


lunes, 10 de octubre de 2011

Mírame


Ya podéis descargar mi nuevo relato “MIRAME” totalmente ¡¡¡GRATIS!!! en mi web. Si os apetece, dejad algún comentario. http://alexandercopperwhite.jimdo.com/ Relato de terror, donde el arte se mezcla con la realidad y se funde con lo paranormal.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Cuando la oscuridad te abraza


- Cállate. –Susurró el desconocido-. Cállate de una vez.
El oxidado ruido de las paredes, rugía en la habitación subterránea. Hacía tan sólo unos minutos, el grupo de turistas, se deleitaban con las extravagantes vistas del exterior. Fuentes de bronce repletas de aguas anaranjadas y peces rojos de colores; estatuas de mármol verde, coches de lujo, azafatas luciendo cuerpos de ensueño y vistiendo ajustadísimos bikinis, un grupo de “adonis” sirviendo copas y sonriendo a las invitadas más cargadas de edad, y lujo; mucho lujo. Ahora, la oscuridad les había engullido.
- Maldito dinero. –Comentó el desconocido-.
Un leve temblor desanimó a los supervivientes. El terremoto anterior, había roto el cableado del ascensor y cayeron al vacío. Gracias a los frenos de seguridad sólo habían sufrido un par de moratones, un esguince y un puñado de arañazos. Cuando la metálica puerta se abrió, se encontraban en el oscurecido sótano del centro de convenciones. El acontecimiento del año se había convertido en una pesadilla.
- ¡Quiero irme a mi casa! –Exclamó un niño-.
- Pronto vendrán a rescatarnos, no te preocupes. –Dijo su madre-.
Curiosamente, el año pasado casi por las mismas fechas, un grupo de japoneses había desaparecido sin dejar rastro. Pero nadie conocía ese detalle o al menos, los que se encontraban ahora en el cuarto oscuro.
- ¿Qué clase de sitio es este? –Preguntó el ascensorista-.
- Si no lo sabes tú ¿cómo quieres que lo sepamos nosotros? –Dijo el desconocido-.
- Quiero irme a casa mama. Por favor.
El niño se acurrucaba en los brazos de su madre y tiritaba. No de frio, sino de miedo.
- Tranquilo pequeño. Soy policía y te aseguro que pronto vendrán a por nosotros. –Afirmó el corpulento hombre-.
- Eso espero. –Susurró el desconocido-.
Un golpe seco en un trozo de metal llamó la atención del grupo. El arrastre de unas cadenas, el chasquido de un trozo de madera rompiéndose y un extraño y ahogado aullido, asustó al grupo.
- Manteneos todos juntos y no hagáis nada. –Ordenó el corpulento hombre-. A ver, nosotros tres actuaremos de escudo y protegeremos al niño y su madre. ¿De acuerdo?
- Sí. –Contestó el ascensorista-.
- ¿Y tú qué me dices?
El desconocido callaba.
- ¡Oye! ¿Estás aquí?
El ascensorista encendió un fosforo, y durante unos segundos se ilumino la diminuta habitación, luego la llama menguó y finalmente se apagó, dejando una estela de humo negro que no se veía. Enseguida encendió otra que duró un poco más.
- ¡Dios santo! Esto no es una habitación. –Exclamó el corpulento hombre-. ¡Esto es una jaula!
Cuando el fosforo se apagó, el ascensorista encendió otro. La cadena se arrastró de nuevo y cuando el destello del fuego ilumino de nuevo la metálica y oxidada jaula, un ser dentudo y peludo la apagó al exhalar.
En la zona de la exposición. Los invitados disfrutaban del espectáculo y de los tentempiés de alta cocina. El desconocido, vestido con traje de frac y repeinado con demasiada gomina, se subía al pedestal para dar su discurso. Los comparecientes aplaudieron extasiados y el desconocido, propietario del centro y de una cadena de hoteles esparcidos por el mediterráneo, sólo podía pensar en una cosa. –Que bien que mi mascota haya comido-.
Alexander Copperwhite




martes, 27 de septiembre de 2011

La deuda de los hombres

Antaño, cuando los mortales caminaban al lado de los dioses, los hombres temían lo sobrenatural. Las víboras de dos cabezas acosaban al ganado, los caballos alados surcaban los cielos, los llameantes dragones quemaban las cosechas, y héroes con fuerza divina rescataban a las doncellas. En aquellos tiempos, los dioses se deleitaban con los sabores de la mortalidad, se dejaban amar, se acurrucaban en alcobas vacías, engendraban hijos y cosechaban enemigos. La sangre de un dios, podía curar o marchitar el alma de un humano. Con sus dedos mágicos, florecían los almendros, el grano de los trigales brotaba, las aguas se endulzaban y el viento soplaba con premura para guiar a los barcos hacia buen puerto.
Llegó un día, que el hombre reclamó su lugar al lado de los dioses, no como siervo; sino como su compañero. Cogidos de la mano, los seres erguidos de este planeta aclamaron un cambio y esperaron pacientemente. Había llegado el día en que los antiguos y caprichosos dioses debían acostarse para dar paso a una nueva era.
Hace mucho ya de eso, y pocos son los que recuerdan a esos antiguos dioses, que antaño regían sus vidas. Ahora sólo son recuerdos lejanos de creencias perdidas y romantizadas. El estruendo del trueno es provocado por el magnetismo del planeta, y no por la voluntad de unos pocos.
Pero aunque no lo sepamos, aunque pensemos que la divinidad se ha simplificado y mora en nuestros corazones y hogares, ahí fuera, siguen durmiendo los ancestrales Titanes, siguen observando los antiguos dioses, y siguen protegiéndonos de los males ya olvidados. Y sus rostros aparecen desde lo más profundo de la tierra, esperando a que nos fijemos en ellos.
Alexander Copperwhite   

viernes, 23 de septiembre de 2011

Perdóname antes de morir

Lo que sucedió me resultó muy extraño. El día era como otro cualquiera. Aquí, en el norte. La nieve, blanqueaba el horizonte y las copas de los aletargados cipreses difícilmente se distinguían entre las montañas. El paso estaba abierto, o al menos, para nosotros. Mi abuelo me lo advirtió cuando sólo era un renacuajo. –La caza del zorro es un oficio tanto lucrativo, como peligroso-. Peligroso sí. Lucrativo, no tanto. Como decía, el día era como otro cualquiera. Los zorros de las nieves no son como el resto. Se trata de un animal extraño y reservado. Recubierto de un pelaje suave y hermoso, que abriga a su portador durante las largas noches del invierno y a la misma vez, le aporta un toque de elegancia. Se había convertido en un símbolo de estatus social. Con el fin de no dañar el pelaje, no cazaba con rifle sino con cepos de hierro y trampas de cuerda. El rifle sólo era para protegerme en caso de emergencia, nada más. Para este verano, había prometido a mi mujer que la llevaría de vacaciones al sur, cerca de la casa de sus padres. Al ver la ilusión que le hizo cuando se lo dije, me motivé aún más y me arriesgaba el doble de lo normal. Pobre iluso. Hoy debí atender al chasquido de mis tobillos. Cuando eso ocurría, mi cuerpo me alertaba de que algo malo sucedería, y no debía salir de caza. Pero no presté demasiada atención, y cegado por las ansias de hacer feliz a mí esposa, me vestí y salí.
Cuando divisé a la manada de zorros que se dirigían hacia mis trampas, me emocioné. Pensé que estaba equivocado y que el día resultaría magnifico. –Malditas premoniciones-. Aguardé un par de horas y me acerqué al lugar donde se dirigieron. ¡Que suerte! Tres en los cepos y dos en las trapas. Salí corriendo mientras pensaba en lo que me decía mi abuelo. –Nunca corras si no es necesario. Consumes más fuerza y no prestas demasiada atención a las cosas-.
Pisé una de mis trampas y la fuerza de la cuerda junto al tronco del árbol que actuaba como palanca, me tiró al suelo y me arrastró unos pocos metros. Con las manos intentaba sujetarme a cualquier cosa mientras a mis lados observaba como los zorros luchaban por escapar, al igual que yo. Y de repente, uno de mis cepos me enganchó la mano con fuerza y por poco me la separa del brazo. El dolor y el pánico se apoderaron de mí, y chillé. El ronco y desesperado sonido de mi voz ahuyentó a la poca fauna de los alrededores. Y las horas transcurrieron lentamente.
Ya no era capaz de mascar la nieve para bebérmela. No sentía mis labios, ni mis extremidades. Los zorros se habían muerto hace dos o tres horas. Pronto llegaría mi hora. La mente segregaba pensamientos confusos, fragmentados. Sólo el recuerdo de mi mujer esperándome me mantenía con vida. –Perdóname cariño. Me temo que debemos aplazar el viaje para otro momento-. Y se acabó.
Cuatro días más tarde. Dos enfermeras, un medico obeso, mis suegros y mi mujer, me observaban de pie mientras recobraba la conciencia. ¿Un milagro? ¿Casualidad? ¿El destino? Fuese lo que fuese, unos turistas despistados me salvaron. Y me llevaron a un hospital. Y vuelvo a acariciar la mano de mi querida esposa.

Alexander Copperwhite

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Desde el otro lado

Un eco atronador; un eco espantoso de un goteo incesante. Hundida en la absorbente oscuridad, la mano de la angustiada madre palpaba su contorno en busca de su hijo. No distinguía su respiración, ni el latido de su corazón, y eso que en el silencio de la oscuridad se escuchaba todo; hasta el maldito goteo que le rebanaba los sesos y le alteraba la respiración. Sus pulmones se oxigenaban con dificultad, sus parpados se estiraban por la ansiedad, su boca babeaba por el miedo y se erguía rígida con los brazos extendidos en busca de lo que más quería en el mundo. Con precaución, aunque con más miedo, arrastraba los pies por la superficie de la metálica cubierta, notando los remaches y los recortados tornillos que antes se ocultaban bajo una alfombra roja. Ahora sólo había oscuridad y la alfombra había desaparecido. –Hijo ¿dónde estás?-. Musitó la mujer con la poca voz que le quedaba. A veces se apartaba un mechón de pelo de la cara y descubría que no era suyo. ¿De quién era? Ya nada importaba. Apartaba los inertes cuerpos que le estorbaban y seguía su camino; blandos, humedecidos, fríos… sin vida. Esperaba lo peor. Su corazón latía con fuerza y sus ojos rebuscaban un ápice de luz en la oscuridad; pero en vano. –Hijo mío. Vuelve con mama-. Durante el incidente. Únicamente se le había escapado durante un segundo. –Un segundo. Por el amor de Dios. No me merezco tal castigo por un segundo-. Pensó la angustiada mujer. Y el incesante goteo que rebotaba en el eco de los alrededores, le rompía los tímpanos y le hervía la sangre. Las raíces de las plantas que antes se hallaban decorando la sala, en sus majestuosos tiestos de bronce y trepando por las enredaderas cerca de los tapices de castillos, ahora se enredaban por sus tobillos y le impedían arrastrase con seguridad. Se veía obligada a levantar los pies y a arriesgarse a tropezar con algún objeto, o con otros muertos. Porque a pesar de que caminaba entre las sombras, el resto de los cadáveres habían aceptado su destino y aguardaban quietos su turno para cruzar al otro lado. Pero la madre, aun estando muerta, no se rendía y buscaba a su pequeño. Y no sabía, que el incesante goteo que se escuchaba como un eco lejano, eran las lágrimas de su hijo que resbalaban por sus mejillas hasta caer sobre el rostro de su madre. El niño la abrazaba con fuerza junto a su padre y lloraba desconsolado, y sus llantos se convertían en gritos que atormentaban a la pobre mujer y no la dejaban marchar en paz.
Alexander Copperwhite

martes, 20 de septiembre de 2011

Desde las profundidades

Ladeando la rocosa costa de Escocia, a bordo del “María Antonieta” se disfrutaba de un esplendido día de verano. Las olas del mar rompían en los afilados filos, repletos de caracolas granates, lapas amarillentas, erizos, mejillones y restos de barcazas destrozadas. La suave y cálida brisa, acariciaba las blanquecinas velas y la lustrada cubierta del imponente navío. Las gentes de a bordo, vestidas con atuendos de paseo y otros con ropa de faena, observaban el lejano horizonte en busca de alguna ballena extraviada. El áspero tacto de la mar salada, empapaba la piel de los pasajeros y su olor, despejaba en profundidad sus fosas nasales. Los pulmones se liberaban del dióxido de carbono, la sangre recorría sus cuerpos con más fluidez, los pensamientos se aclaraban y un desorbitado apetito, a tarta de fresa y pasteles de chocolate, les recorría las entrañas hasta humedecer el paladar de sus bocas. Las damas portaban sombrillitas de colores, vestían pantalones cortos con lazos en los extremos y blusas muy finas, hechas de delicada seda. Los caballeros eran más clásicos. Pantalón blanco, zapatos náuticos marrones, camisa blanca y alguna que otra pajarita de color azul o verde con cuadrados rojos, al puro estilo escocés. Y los marineros de uniforme. Todo era perfecto.
A lo lejos; un punto en el océano burbujeaba. Un marinero anunció el avistamiento, un acaudalado pasajero obligó al capitán “reconsiderar” y rectificar el actual rumbo y las damas se amontonaron en las barandillas con gran expectación. De la nada apareció un muchacho, con gorra de béisbol marrón, un mono blanco con manchas de grasa y unos zapatos negros desgastados. Montó un gran trípode cerca de la proa, colocó una gran caja de madera con una enorme lente asomando por uno de los laterales y aguardó en silencio. Su mayor deseo era conseguir una fotografía del gran mamífero. Y su deseo, pronto se haría realidad.
Las precisas órdenes del contramaestre hacían que el gran velero se moviera armoniosamente, como un reloj de precisión. El punto del océano, que experimentaba una especie de ebullición, se encontraba a tan sólo unos metros del casco del barco. Pero resultó ser muy extraño. Y el silencio se apoderó de las gentes.
Un círculo perfecto se dibujaba en la azulada superficie. Las burbujas recorrían un recorrido perfecto, como largos hilos que provenían del abismo, hasta dibujar extensas líneas que terminaban en un fondo de color blanco espumoso. La mar se levantaba lentamente, creando olas de la nada y despidiendo un intenso olor a azufre y cal quemada. Una vaporosa sustancia, rosácea, apareció por la cubierta como si de un espectro se tratase; y provocaba un inmenso dolor de cabeza a los pasajeros y al personal.
El muchacho tropezó y se cayó de espaldas, pero no sin antes accionar el botón de su rudimentaria cámara de fotos que captó el momento exacto en que, una extraña criatura de metal brillante, emergía del agua y desaparecía volando a una velocidad increíble. Un destello de luz. Eso es lo que vieron todos o puede que se lo hubieran imaginado. Aunque… aún quedaba una prueba que todos desconocían. La fortuita foto del muchacho… que tardarían en desvelar, y aún más en descifrar.

Alexander Copperwhite

domingo, 18 de septiembre de 2011

El cantar del tiempo

En cuanto las primeras gotas de lluvia alcanzan el suelo, el ciclo de la vida se reaviva. Los humedecidos bulbos se remueven lentamente, y crecen hasta convertirse en tulipanes, y narcisos, y jacintos, y lirios… Apartan la tierra lentamente mientras empujan su frágil cuerpo hacia la superficie. Las diminutas criaturas de antenas torcidas y articulados exoesqueletos, caminan por las hojas en busca de migas de ambrosia, y de néctar. Se alimentan de las diminutas cortezas y de los frutos secos de la naturaleza. A lo alto, las aves contemplan la creación, despreocupadas. Con su suave aleteo, su plumaje se curva hacia arriba y hacia abajo, y su pico rompe el viento. Cantan, se deslizan y se posan sobre las ramas de los árboles que a su vez, amortiguan su aterrizaje con un suave contoneo. El verde vegetal adorna en marrón de la tierra y se acentúa con el azul del cielo. Un pequeño riachuelo, desemboca en la pequeña cascada creada por los desprendimientos del tiempo. Gorgotea sin cesar, acompañando los gorjeos de un ruiseñor, el chirrido de una chicharra y el silbido del viento. Un boquete en uno de los troncos da cobijo un nido hecho con ramitas de sauce, en otro rincón, una liebre asoma la cabeza desde su madriguera, las mariposas revolotean a su antojo y las abejas recolectan los ingredientes necesarios para elaborar la miel primaveral. Tras el susurro de las hojas verdes y frondosas de un olivo centenario, se esconde una cría de ciervo que se esfuerza en dar sus primeros pasos. Y cuando da unos traspiés, la naturaleza lo tranquiliza y lo anima a volver a levantarse. Los mojados tréboles que brotan cerca de la cascada, se inclinan al cargarse de agua y cuando por fin la sueltan, regresan a erguirse como al principio, y el agua vuelve a molestarles, y se vuelven a inclinar. Todo resulta armonioso, como una orquestra en una ensayada sinfonía. Y el tiempo se pausa para que seamos capaces de observarlo todo sin perder detalle. Lentamente.   


Alexander Copperwhite

martes, 13 de septiembre de 2011

La llama eterna

Tras  la cenefa de un alabastro, se resguardaba del viento una pequeña niña, llamada Isis. Con las manos congeladas, el abrigo roto, los botines agujereados y la cara pálida, mendigaba un trozo de pan o cualquier pizca de filantropía. Antaño, había sido princesa de un reino muy, muy lejano que su nombre se había borrado con el paso del tiempo. Por corona tenía un trozo de tela que mantenía de una pieza a base de costuras primarias y remiendas ocasionales; como cetro portaba un palo, para ahuyentar a los perros y los gatos que se le acercaban. Y cuando la noche caía sobre sus debilitados huesos, dudaba de si al día siguiente volvería a levantarse.
La borrosa imagen de un pobre anciano, fijándose en ella. Le sorprendió. Especialmente porque el anciano era ciego. Sus ojos de color marfil amarillento, resguardaban sus pensamientos y sus intenciones. Pero ahí estaba; mirándola fijamente como si nada más existiera en el enorme mercado. Las voces de los mercaderes, ofertando manzanas a buen precio, gallinas de buen sabor, especies de continentes lejanos y cebollas de lágrima dulce, no distraían al anciano. Por fin había descubierto el tesoro perdido.
Tras una larga caminata, la princesa y el anciano conversaban con la boca cerrada. Ya se conocían desde antes pero, al menos ella, no sabían de qué. Puede que se hubieran visto en una vida olvidada o en un momento cualquiera. Puede que en realidad nunca se hubieran conocido y únicamente ardieran en deseos de compartir el silencio. El atronador silencio que ocupaba sus mentes, mientras las chispas de una fogata en la chimenea de la rudimentaria habitación resonaban como truenos.
Cuatro días más tarde, sobreviviendo a base de sopa de zanahorias y pan enmohecido, ninguno de los dos se había pronunciado. El anciano alargó la mano, tímidamente, y tocó el rostro de la princesa, que súbitamente se sonrojó al sentir el calor humano en su desfogada piel. El anciano volvió a ver. Sus corneas se aclararon como pastas de colores disueltas en agua y su blanquecino pelo se le cayó al suelo. En su lugar, dos ojos verdes y enormes renacieron y una cabellera rubia y larga se extendió hasta su cuello. Con cuarenta años menos, el anciano se encontró a sí mismo, y junto a él, a su tesoro perdido.
- Por fin os reconozco princesa. –Musitó el nuevo príncipe-.
- Me llamo Isis. ¿Quién es usted?
- Soy tu príncipe. Y no te llamas Isis.
- ¿Cómo me llamo entonces?
- Te llamas Esperanza. Llevo siglos buscándote para llevarte de vuelta.
- ¿A dónde?
- Al reino que perteneces. Al reino que nunca debiste abandonar. Al lugar donde jamás se apagará tú llama. Te llevaré de vuelta, al corazón de los hombres, porque lo último que se pierde… es la esperanza.
Alexander Copperwhite

viernes, 9 de septiembre de 2011

Bajo el mar

 Sus ojos reflectaban las caricias del mar y de sol, a través de la ondulada imagen de las olas. Las algas verdes, se contoneaban al ritmo de la marea, y los peces que descansaban cerca del arrecife, también. La espumosa respiración que exhalaba la feliz pareja, raudamente emergía hasta alcanzar la lejana y apacible superficie. Un coro de sardinas aleteaba a su alrededor, emulando un enorme remolino repleto de vida. Un pez manta, de extraordinarias dimensiones, mimaba el arenoso fondo del mar mientras se alejaba. Un calamar tintaba su entorno de azul oscuro que se diluía entre las cálidas corrientes. Los movimientos de la joven, emulando a los de una sirena, enamoraban a su acompañante que disfrutaba con su contoneo. Unas caricias, unos besos fingidos a través de las gafas de buceo, unas sonrisas marcadas por los ojos. El incesante burbujeo de amor, se adaptaba a la perfección bajo el mar. Un pez mariposa, de colores amarillos anaranjados con rayas negras, se acercaba para observar. Un adormilado pulpo aguardaba, y las olas, rompían en la superficie creando un manto blanco que sombreaba a la pareja. Nubes de agua las llamaron. Y en ese lugar perfecto. En el espacio donde se originó la vida en la tierra. Se prometieron amor eterno sin hablar, y con sus caricias, se prometieron que estarían juntos para siempre.
Alexander Copperwhite

miércoles, 31 de agosto de 2011

El sótano del… Mal


Bajo la atenta mirada de un Cristo crucificado, unos descuartizados Ángeles hechos de goma espuma y pintura acrílica, agonizaban en las diminutas manos de un ser, que difícilmente se distinguía. Las rajas de luz, que penetraban en el sótano como cuchillas cortantes a través de las tapiadas ventanillas, a duras penas conseguían iluminar el rostro oculto de la destrucción. Dos armarios de madera, del siglo XVIII, cuatro mecedoras de caña fina, una mesa con estampados de flores y grabados de símbolos paganos, y una inmensa colección de muñecas mutiladas, junto a un montón de cachivaches polvorientos e inútiles; atormentaban los pensamientos del ser. Un olor a resina y diesel reposado, rezumaba de la ennegrecida caldera que se ocupaba de mantener el caserón caliente durante las frías noches de invierno. Como distracción, una arrugada marioneta permanecía inmóvil en la penumbra, observando las incisiones quirúrgicas, y la sonrisa que esbozaba con cada corte. El objeto sin vida, ni se movía, ni reaccionaba… al igual que todo lo demás.
Titubeando, recortando, sonriendo y con mucho mimo; la artesana del horror, destripaba sus víctimas con paciencia y de forma virtuosa. Maestra en la destrucción, titulada en la paciencia. Una caricia, un beso, un suave toqueteo por los brazos, y los muslos, hasta llegar a la cabeza. Sus ojos penetraban la árida superficie de la piel plastificada y su improvisado bisturí, también. En silencio. El suave crujido del desgarre le provocaba un placer inmenso. Y cuando todo se haya acabado, otro día o en otro momento, comenzará de nuevo su labor.
- ¡Amalia! ¿Dónde estás?
La niña de siete años, dejó en el suelo su muñeca y el lápiz de goma.
- ¡Pero mama! Te he dicho que me llames Mal… doctora Mal…
- ¡Vale! Ahora déjate de juegos y sube a merendar.

Puede que todo se tratase de un juego. O puede… que estuviera practicando. Sólo el tiempo nos dirá si será para bien… o para ¡MAL!

    
Alexander Copperwhite

martes, 30 de agosto de 2011

De noche…


Silencio y frío. O al revés. Nada era lo que aparentaba y nadie se mostraba como era en realidad. Las amorfas caras, faltas de rasgos característicos y de expresiones afables, penetraban en el subconsciente de los desprevenidos. La luna merodeaba por el cielo, los roedores de la noche chirriaban canciones desagradables y desesperantes, los búhos acechaban a sus presas, sedientos de sangre, y el círculo de los ancianos se cernía sobre la carne fresca, que pronto sería sacrificada. Un lord barítono actuaba como maestro de ceremonias y dos enanos peludos, soportaban el calor de unas antorchas que lentamente les tostaban la piel. Los cincuenta y dos comparecientes no ocultaban su rostro, ni tenían la intención de hacerlo ya que nunca se les había escapado una víctima… jamás. La hierba bajo sus descalzos pies, les acariciaba los dedos y a su vez les refrescaba. Las copas de los árboles les observaban, una fina capa de neblina les camuflaba y la gran roca octagonal, les servía de altar. El color carmesí disecado, los poros de la roca cubiertos del sanguinario plasma y el olor característico, a acidas vísceras y piel oxidada, paralizaban de pavura a la joven ofrenda. Todos aguardaban al aullido del lobo para dar comienzo a la ceremonia. Todos, menos uno… el sacrificio. Desde hace más de setecientos años los endemoniados aguardaban con paciencia la señal. A veces sólo transcurrían unos pocos minutos y otras, se veían obligados a esperar casi hasta el amanecer. Jamás habían fallado, jamás habían ofendido a su señor y nunca dudaron ni un segundo. Una navaja de doble filo reflectaba los tenues rayos de la luna y, como un espejismo, proyectaba las estelas de las antorchas sobre la roca teñida. El fuego del inframundo. Las lagrimas del demonio. Los dedos del mal. A la visión se la había nombrado de muchas formas. Menos de locura.
Por primera vez en siete siglos, el lobo no aulló y los cincuenta y dos se marcharon del lugar sin cobrarse la vida. Sin cubrirse los rostros y sin temor a ser descubiertos. -Si hablas… volveremos-. La grave voz advirtió a la víctima. Y jamás habló de ellos. Ni siquiera cuando, veinte años después, se abrió las venas en el manicomio donde llevaba más de media vida encerrado.
    
Alexander Copperwhite