Con la mirada fría y calculadora, cronometraba los instantes que recorrían su cerebro hasta verse en la situación actual. Las manos le temblaban y a causa de ello, el pegajoso sudor se escapaba por los poros de su piel y le recorría las palmas hasta acariciar sus dedos y, finalmente, gotear hasta el suelo. La impaciencia se le drenaba lentamente por la garganta que se la dejaba seca y áspera, impidiéndole tragar saliva con facilidad. Que peste. –Pensó-. El hedor de sus axilas amedrentaba hasta los insectos que merodeaban por el lugar. El tembleque de sus piernas, constante y ruidoso, rompía la monotonía del momento pero también castigaba su cintura, que es donde soportaba la mayor parte del dolor. No aguanto más. –Musitó-. Apretujó los dientes e intentó recobrar la compostura. Se secó sus humedecidas manos en su albornoz azul y se las pasó por su revuelta cabellera, arreglándose disimuladamente. No puede faltar mucho. –Chirrió entre dientes-. Cualquier instante se convertía en una espera demasiada larga y cualquier movimiento resultaba doloroso. No podía más. El ronroneo del gato no le apaciguaba y el monótono sonido del reloj de cuco no le tranquilizaba, sino más bien lo empeoraba todo. Hasta que cerró los ojos y levantó la cabeza desesperado.
- ¿¡Te falta mucho hija mía!?
-…
- ¡Si tardas mucho me lo haré encima!
Y el estruendo del silencio alimentó su impaciencia. Y la espera frente a la puerta del váter le pareció eterna…
Jajaja
Alexander Copperwhite