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lunes, 2 de enero de 2012

No cierres los ojos

La sal obstruía sus fosas nasales que se dilataban para inhalar una pizca de aire. Durante el sueño, ningún amigo se había acercado para ayudarle y ningún animal había intentado atacarle. Las llamas de dos soles le atravesaban la piel y el viento del sur, o eso pensaba él, le relamía las heridas, enrojeciéndolas a causa de la arena que se espolvoreaba a modo de antiséptico; sólo que actuaba de forma contraria. Estoy soñando o me ocurre de verdad. –Se preguntaba constantemente-. Su mirada, que se perdía en el horizonte, escrutaba las memorias que se escondían bajo la corteza craneal en busca de recuerdos de esta vida. Despierta. –Se decía a sí mismo-. Y un cangrejo con pinzas de latón le apretaba el cuello como si fuera a partírselo.
                -¡Noooooo! Estoy vivooooooo… -Gritó-.
                Las atormentadas manadas de tortugas voladoras, despabilaron de inmediato y se escaparon; unas volando e introduciéndose bajo la azulada arena.
                -¡Noooooo!
                Sus ojos de reptil, empezaron a acordarse de todo. Como su hermana le acariciaba la aleta antes de partir hacia la guerra; como sus padres le entregaron el Mousa, el arma familiar con el que se habían defendido durante generaciones y su novia, con pastosas lágrimas bajo sus verticales parpados, se despedía abrazándole.
                Quinientos millones de soldados se unieron para defenderse de la invasión. Algunos acudían con elefantabros, unos caballos de combate con enormes orejas para protegerse y una trompa a modo de látigo y otros en cochetes de dos plazas, que era una mezcla de carromato real con motor de combustión lateral. Pero su tecnología y su gran número de efectivos resultaron inútiles. Y el llamado hombre del planeta azul, también apodado tierra, había conquistado a su planeta en menos de una semana.
                A los supervivientes que se negaron a someterse, los convirtieron en esclavos y a los esclavos que se negaron a obedecer, les enterraron vivos hasta las antenas. La noble civilización Tsarnenie, había sucumbido. El rojizo cielo, fuente de inspiración para su pueblo, ardía a causa de las llamas de la opresión y la indiferencia. Una civilización moría, para que otra ocupase su lugar.
                El niño se despertó asustado y gritando. Su madre, raquítica a causa de la prolongada guerra y la consecuente hambruna, abrazó a su pequeño y lo apretó con fuerza sobre su pecho. No te preocupes, sólo ha sido un sueño. –Dijo la madre con voz temblorosa-. Sacó un trozo de pan enmohecido, restos de una capsula de provisiones proveniente de las naciones unidas, y se la dio lentamente para que no se acostumbrase a comer demasiado.
                El niño había despertado del sueño. No se encontraba en ningún planeta extraterrestre ni había alienígenas enemigos. ¡No! No hacía falta viajar tan lejos. Y a pesar que a menos de quinientos kilómetros de donde estaba, el mundo tiraba comida y dormía plácidamente quejándose por capricho, el niño se acurrucaba en los brazos de su madre y no entendía la diferencia entre lo que había soñado, y la realidad.
Alexander Copperwhite

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