Las preguntas de mí querido amigo
(que no voy a desvelar para mantener el misterio, y por guardar el secreto de
una conversación privada) me recordaron lo perdido que estaba cuando comencé a
dar mis primeros pasos como analfabeto disléxico, en un mundo de monstruosos
maestros de la prosa y la palabra. Vamos… de novel-ete o novato (como más os guste). No es que sea su caso,
puesto que le estoy leyendo y se trata de un magnífico escritor, pero de una
manera sencilla empezamos a plantearnos las estrategias a seguir para
conquistar a esa "presa" tan difícil de conseguir, que es el lector. No pretendo soltar
una verborrea sin sentido alguno, sólo me gustaría comentar el final de la
conversación que, entre otras cosas y rarezas, me recordó lo que realmente
importa, y lo que finalmente cala en el paladar mental de aquel que nos lee. LA HISTORIA. No importa lo buenos que seamos, creamos ser, o pretendamos ser… el
lector nos devorará si la historia le gusta, nos maldecirá si la historia le
aburre, nos aplaudirá si la historia le emociona, y cuando llegue el momento de
cerrar el libro (porque lo ha terminado, ¡o no!) lo más probable es que se
quede con la historia, y que nuestro nombre permanezca donde de verdad debe
permanecer… en el olvido. Al igual que nosotros vivimos a través de nuestros personajes,
el lector también lo hará. Y puede que algún día… algún fatídico día, al lector
le pique la curiosidad y vuelva a leer ese manchón en la portada. ES NUESTRO
NOMBRE.
QUE VIVA LA HISTORIA, y lo demás
vendrá solito.
Gracias por recordármelo José, un
fuerte abrazo.