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viernes, 14 de octubre de 2011

Mírame - Capítulo I

I
Existe la leyenda, que cuando alguien te hace una fotografía, tu alma queda atrapada para la eternidad. Otros creen que cuando te retratan, no envejeces nunca, ya que la esencia de tu ser vive en esa pieza de arte para siempre. Si bien todas las leyendas contienen algo de cierto, una cosa está clara; cuando pasamos al lado de una imagen, unas veces nos entusiasmamos, otras nos causa tristeza o alegría, y otras nos horrorizamos, y los pelos se nos ponen de punta. Aunque se trate del retrato de una joven sonriendo.
*
- Bienvenidos.
Ana trabaja de guía en el museo del Prado. Experta en arte y amante de la vida, compartía su entusiasmo con todo aquel que lo desease.
- Pasen por aquí… pasen.
Su cabello largo y rizado, de color de aceite de oliva, brillaba bajo los suaves focos del museo convirtiéndose así en otra obra de arte.
- No os quedeis atrás, por favor.
Con su voz, encandilaba a hombre, mujeres y niños, atrayendo la atención incluso a los que no mostraban ningún interés por unos cuadros pintados hace muchos años. Como algunos pensaban.
- Bien… gracias. Me llamo Ana, y seré vuestra guía a través de los años junto a los distintos pintores y sus obras.
Con metro setenta de altura, delgada, de complexión fuerte y muy femenina, caminaba desprendiendo gracia y estilo, atrayendo miradas tanto despistadas, como curiosas. Se trataba de una mujer muy llamativa.
- En primer lugar, permitidme que os hable un poco de nuestro museo…
Ojos azules con puntos morados y rodeados por cejas finas. Penetrantes, absorbentes. Con cada gesto que hacía con las manos hipnotizaba a su público y con cada pregunta que le formulaban regalaba una sonrisa.
- Aquí tenemos dos de las obras más importantes y polémicas de Goya. La Maja Vestida y La Maja Desnuda. En su época, una de ellas, se calificó como obscena y la santa inquisición enjuició al pintor…
Ana pasaba la mayor parte de su tiempo en el museo. Sus padres, ambos profesores de bellas artes en la universidad de Madrid, habían muerto cuando ella tenía tan sólo doce años. Demasiado joven para entender el porqué y demasiado sensible. Percibía lo imperceptible y veía lo que nadie conseguía ver. Casi se volvió loca, pero gracias a los cuidados de su abuelo y el estrecho círculo de amigos de la familia, consiguió seguir adelante.
- Y ahora, podéis visitar la tienda de recuerdos y comprar lo que más os guste. Gracias por vuestra visita.
Los visitantes la aplaudían como si de una gran estrella de cine se tratase. A veces incluso, Ana hacía una reverencia como si realmente lo fuera. Un par de fotos de recuerdo, unas cuantas sonrisas y agradecimientos, y al acabar se dirigía a la entrada para recibir al siguiente grupo.


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