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lunes, 17 de octubre de 2011

Mírame - Capítulo II

II
La noche ocupaba el lugar del día y las amarillentas luces envolvían el exterior del museo igual que un capullo de seda dorado. Las columnas, los arcos, las estatuas y los bajorrelieves sobre fondos anaranjados, se tornaban místicos, mágicos, misteriosos. Los pasos de los visitantes aún sonaban por los suelos de mármol rojizo con tonalidades quebradas. Los cuadros, se transformaban en representaciones cinematográficas, que fotograma a fotograma, invadían los sueños de los turistas y ocupaban el lugar de sus recuerdos. Y así noche tras noche.
Ana era la primera en llegar y la última en irse. Especialmente durante los meses de invierno que es cuando sus padres murieron que, mientras deambulaba por los pasillos del museo, se sentía más cerca de ellos que nunca.
- Pequeña. –Le decía su abuelo-. Tienes que dejar de llegar tan tarde a casa. O por lo menos de salir a estas horas del trabajo. ¿Por qué no sales con ese amigo tuyo, Antonio?
- No te preocupes tanto por mí abuelo. Estoy bien. Además, Antonio y yo ya no salimos juntos.
- Pues sal con otros. ¿Cómo es posible que una chica tan guapa como tu aún no esté casada?
- Son otros tiempos abuelo. Anda… vete a la cama que tengo que estudiar.
- Estudiar y trabajar… trabajar y estudiar… Ayyy pequeña, eso no es vida para los jóvenes.
El abuelo atravesó el angosto pasillo, repleto de marcos con fotos y recuerdos, hasta que llegó a su habitación. Se giró lentamente para despedirse con la mirada de su nieta, y cerró la puerta. Era demasiado mayor y ya no disponía de fuerzas para discutir con ella. Por una parte se alegraba de tenerla en casa pero, por otro lado, le disgustaba el no poder verla colmada de felicidad. Debería dejar de exigirse tanto a sí misma. –Pensaba el viejo-. Cuando salía a pasear por el parque del retiro, daba de comer a las hambrientas palomas y hablaba sobre política y charranerías ocasionales que sucedían por el mundo. Cuando surgía el tema de los nietos, sacaba pecho igual que un palomo danzando para aparearse, y hablaba maravillas sobre Ana. Era su tesoro, su vida, y su último pariente vivo.
Ana apagó la televisión, como hacía siempre, y se sentó en el sofá con un bocadillo de pechuga de pavo con queso fresco y tomate, un zumo de naranja y su libro sobre restauración de cuadros. Una colega suya la había invitado a presenciar la restauración de un importantísimo cuadro un par de años antes y a ella le había encantado. Incluso le había permitido retirar una minúscula fibra, insignificante para cualquiera que no entendiera ese arte, y su corazón casi se vuelca de alegría. No era talentosa. Como mucho pintaba un paisaje con un arte muy… rudimentario. Pero poder sentir el tacto de una obra maestra, acariciarla y formar parte de ella, le había resultado mágico. Durante unos segundos sintió el momento que se creó la pintura. Sintió como, tanto el artista como los modelos, la rodeaban con sus brazos y la guiaban a través del escenario, los colores y los sentimientos de los participantes. Notó como las dos amigas de un cuadro expuesto, disfrutaban de un hermoso día mientras se abanicaban y se cubrían con una sombrilla rosada y con su mascota descansando en el regazo de una de ellas. Notó como disfrutaba el maestro con cada pincelada, y como sonreía con cada paso artístico que daba. Si antes mostraba al mundo la belleza del arte, ahora quería tocar el arte y vivirlo.

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