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domingo, 23 de octubre de 2011

Mírame - Capítulo IV

IV
Los días transcurrieron plácidamente y el abuelo de Ana se alegraba de verla tan feliz. Ana tenía el trabajo que más deseaba y salía con un joven muy guapo, amable y encantador. La casa se llenó de alegres conversaciones cuando los tres compartían mesa y, por fin, podía hablar con alguien sobre futbol y cosas de hombres. En el museo todo marchaba bien. Enseguida acabaría su trabajo con La Maja Desnuda y empezaría con otro. Mejoraría su técnica y pronto le asignarían trabajos más complicados. Ana estaba contenta, pero en su interior, sentía que algo no iba del todo bien.
El cuadro de La Maja Vestida, reluciente y en perfectas condiciones, aguardaba desde hace ya unos días, a que su cuadro casi gemelo estuviera listo para que ambos pudieran volver a ocupar su lugar en el museo. Ana sentía en sus dedos los colores y la textura del trabajo de Goya. Respiraba parte de él y sentía parte de los sentimientos de la modelo. De pronto, la miró como nunca antes la había mirado, y entendió que no era igual que su gemela. Alargó la mano para tocarle el cabello. Tocó el suave y agrietado lienzo, y sus pupilas se dilataron.
- ¡Dios santo! –Gritó-.
Un espectro de colores se despegó del rostro de La Maja Desnuda, e igual que un código de barras con el colorido de un arco iris difuminado, le tocó la yema de los dedos como si quisiera morderla.
Mírame...
Era el susurro que había oído cuando conoció a Mario. Se echó hacia atrás y se frotó los ojos. Empezó a marearse y perdió el equilibrio. Los músculos le fallaban, la vista también y, en un abrir y cerrar de ojos, cayó al suelo entre los dos cuadros.
*
Cuando abrió los ojos, existía pero no existía. Su cuerpo flotaba y su voz estaba apagada. Levantaba los brazos pero no los sentía; movía las piernas pero permanecía inmóvil; deseaba girar la cabeza pero lo que veía la acompañaba.
Un hombre de mediana edad, con sombrero blanco, traje a juego, bigote frondoso y bastón. Caminó delante de ella y la miró sin mirarla. Ladeó suavemente la cabeza, se acarició el bigote y se dirigió hacia una mesita en medio de una pequeña plaza rodeada de flores para sentarse al lado de una hermosa mujer. Ana no se lo podía creer. Era la modelo del cuadro pintado por Goya. Vio como la camelaba y como la trataba con dulzura. Entre las disimuladas risas de la joven, oía el sonido de los pájaros cantando y olía el aroma de los pétalos de rosas que rodeaban unos jazmines de varios colores. La gente por los alrededores era amable y se saludaba cortésmente; por todas partes se respiraba un aire de sosiego, pero Ana se sentía inquieta.
Cuando por fin se dio por vencida, decidió no resistirse y observar lo que transcurría ante ella como si de una película se tratase. Rápidamente, la plaza desapareció y ahora se encontraba en un taller de pintura. El olor de un aceite vaporoso, una calidez primaveral que la envolvió, y la sonrisa de La Maja Vestida, le hicieron sentir como en casa. La luz del día entraba por los enormes ventanales y reverberaba por las lustrosas superficies de los cuadros recién pintados. En una esquina, el maestro se enfrentaba al caballete, blandiendo sus pinceles igual que un experimentado espadachín. El hombre del bigote sonreía complacido y la dama, también.
Mírame…
De pronto, Ana miró a la modelo que, a pesar de estar sonriendo, lloraba. Ya no estaba vestida sino desnuda. Su cuerpo lleno de moratones y su cara llena de cortes, no era lo que Ana se había imaginado. Posaba de la misma manera que lo hacía antes, pero a desgana. El hombre del bigote, gritaba enfurecido tanto a ella, como al maestro y únicamente se entendían las palabras “os voy a matar a los dos como no lo hagáis”. Goya pintaba con la mano temblando y La Maja, intentaba limpiarse, de manera disimulada, la sangre que corría por su boca.
Cuando Ana entendió lo que en realidad había sucedido durante la creación de los cuadros, el tiempo se paralizó. Había perdido su invisibilidad y los tres espectros aparecieron repentinamente delante de ella observándola.
Márchate… Te mataré…
Ana quiso cerrar los ojos pero la imagen, la acompañó en la oscuridad. Empezó a chillar hacia sus adentros de manera espantosa, pero sólo se oía a sí misma en el interior de su mente. Luchó para liberarse de las invisibles cadenas que la sujetaban. Quiso alejarse del hombre bigotudo que respiraba sobre su rostro. Hasta deseó morir con el fin de evitar tener que sufrir a manos del enloquecido hombre.
- ¡Noooooooooooooo!
- ¡Ana! ¡Ana! ¿¡Estás bien!? –Dijo Mario preocupado-.
Hacia unos minutos que la había encontrado en el suelo e intentaba despertarla. Su angustiada cara y su entrecortada voz, se ahogaban en una preocupación profunda. Cuando por fin Ana se despertó y gritó, la apretó contra su pecho, y suspiró de alegría.
- Mario ¿eres tú?
- Soy yo mi amor. ¿Qué te ha pasado?
- He tenido un sueño muy extraño. –Contestó Ana-.
Conforme se levantó, apoyándose en los brazos de Mario, miró a los dos cuadros.
Mírame…
Se echo hacia atrás asustada y Mario se puso delante.
- ¿Quién anda ahí?
Los colores del los lienzos empezaron a evaporarse y a acercarse a los dos jóvenes, como si miles de hilos rectos deseasen envolverles para devorarles.
- ¡Atrás! –Gritó Mario-. Ana no te quedes. ¡Huye!
- Dios mío no era un sueño. –Tartamudeó Ana-.
Mírame… Ayúdame…
Ana apretó los dientes y miró a las dos distorsionadas figuras que en realidad intentaban juntarse y envolverse a sí mismas. Paralizadas porque no alcanzaban una a la otra, se estiraban con ahínco pero no lo conseguían.
- Espera Mario. Creo que necesitan ayuda.
- Pero… ¿estás loca?
- Confía en mí. Yo sé lo que sucedió.
Ana abrazó a Mario, y se colocaron en medio de los hilos, uniéndolos. Una suave brisa acarició sus rostros y un dulce aroma a melocotones y fresas recorrió sus fosas nasales hasta su paladar. Las dos gemelas, la feliz y la maltratada, se convirtieron en uno.
Gracias… Gracias…
El susurro desaparecía y todo volvió a la normalidad. Todo, excepto el flequillo de los dos jóvenes que se había emblanquecido. Ahora no sólo eran hermosos, sino también excepcionales, y ambos lo se habían dado cuenta de ello.

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