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miércoles, 5 de octubre de 2011

Cuando la oscuridad te abraza


- Cállate. –Susurró el desconocido-. Cállate de una vez.
El oxidado ruido de las paredes, rugía en la habitación subterránea. Hacía tan sólo unos minutos, el grupo de turistas, se deleitaban con las extravagantes vistas del exterior. Fuentes de bronce repletas de aguas anaranjadas y peces rojos de colores; estatuas de mármol verde, coches de lujo, azafatas luciendo cuerpos de ensueño y vistiendo ajustadísimos bikinis, un grupo de “adonis” sirviendo copas y sonriendo a las invitadas más cargadas de edad, y lujo; mucho lujo. Ahora, la oscuridad les había engullido.
- Maldito dinero. –Comentó el desconocido-.
Un leve temblor desanimó a los supervivientes. El terremoto anterior, había roto el cableado del ascensor y cayeron al vacío. Gracias a los frenos de seguridad sólo habían sufrido un par de moratones, un esguince y un puñado de arañazos. Cuando la metálica puerta se abrió, se encontraban en el oscurecido sótano del centro de convenciones. El acontecimiento del año se había convertido en una pesadilla.
- ¡Quiero irme a mi casa! –Exclamó un niño-.
- Pronto vendrán a rescatarnos, no te preocupes. –Dijo su madre-.
Curiosamente, el año pasado casi por las mismas fechas, un grupo de japoneses había desaparecido sin dejar rastro. Pero nadie conocía ese detalle o al menos, los que se encontraban ahora en el cuarto oscuro.
- ¿Qué clase de sitio es este? –Preguntó el ascensorista-.
- Si no lo sabes tú ¿cómo quieres que lo sepamos nosotros? –Dijo el desconocido-.
- Quiero irme a casa mama. Por favor.
El niño se acurrucaba en los brazos de su madre y tiritaba. No de frio, sino de miedo.
- Tranquilo pequeño. Soy policía y te aseguro que pronto vendrán a por nosotros. –Afirmó el corpulento hombre-.
- Eso espero. –Susurró el desconocido-.
Un golpe seco en un trozo de metal llamó la atención del grupo. El arrastre de unas cadenas, el chasquido de un trozo de madera rompiéndose y un extraño y ahogado aullido, asustó al grupo.
- Manteneos todos juntos y no hagáis nada. –Ordenó el corpulento hombre-. A ver, nosotros tres actuaremos de escudo y protegeremos al niño y su madre. ¿De acuerdo?
- Sí. –Contestó el ascensorista-.
- ¿Y tú qué me dices?
El desconocido callaba.
- ¡Oye! ¿Estás aquí?
El ascensorista encendió un fosforo, y durante unos segundos se ilumino la diminuta habitación, luego la llama menguó y finalmente se apagó, dejando una estela de humo negro que no se veía. Enseguida encendió otra que duró un poco más.
- ¡Dios santo! Esto no es una habitación. –Exclamó el corpulento hombre-. ¡Esto es una jaula!
Cuando el fosforo se apagó, el ascensorista encendió otro. La cadena se arrastró de nuevo y cuando el destello del fuego ilumino de nuevo la metálica y oxidada jaula, un ser dentudo y peludo la apagó al exhalar.
En la zona de la exposición. Los invitados disfrutaban del espectáculo y de los tentempiés de alta cocina. El desconocido, vestido con traje de frac y repeinado con demasiada gomina, se subía al pedestal para dar su discurso. Los comparecientes aplaudieron extasiados y el desconocido, propietario del centro y de una cadena de hoteles esparcidos por el mediterráneo, sólo podía pensar en una cosa. –Que bien que mi mascota haya comido-.
Alexander Copperwhite




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